SALVAMENTO DEL NAIPE
Olía a pólvora y a orines.
Hasta las cinco no atracaba el próximo carguero, hacía mucho frío, dolía todo. Era entonces cuando más se bebía, sobre todo el Griego. Para olvidar. Y escupía, y desafiaba a todos, golpeando el bidón donde se encendía el fuego.
En su último viaje habían perdido tres hombres, inesperadamente. La última palabra la pronunciaba lentamente, como si no supiera que cada uno tiene su hora marcada.
Siempre hay que guardar la espalda. No eran de fiar, y el Griego era el peor. Tatuado y rudo, nadie conocía el porqué de esa rabia honda, tan contenida en cada gesto, cada mirada, avisando que a la mínima arrancaría las entrañas.
Al principio ninguno quería jugar. Ese muelle ya era un mal presagio. Se empezaba apostando con las cartas y se acababa con una sola bala girando en el tambor. Y luego un ruido seco en el agua. Y nadie preguntaba.
Hasta las cinco no atracaba el próximo carguero. Lo que sucedió aquella noche, cuentan, fue que a uno de esos miserables se le concedió un día más de vida. Así es el juego.
Se le acercó, con su extraño gorro y aceptó la baraja que el Griego agitaba en sus sucias manos. Entonces, empezó a hablar con ese lejano acento, desplegó todas las cartas y toda la magia que aprendió al otro lado del mar. Desaparecían, aparecían detrás de la oreja del Griego, adivinaba los números, hacía que mirásemos al cielo, giraba los brazos, nos asombraba con alguna cabriola.
El Griego palmoteaba, se reía, torpe, persiguiendo sus ojos ilusiones y olvidos.
Fue de repente cuando ese extranjero se quedó quieto, y mirándolo fijamente como a un condenado, le aseguró que en esa carta que el Griego había cogido al vuelo, se encontraba escrito lo que guardaba en lo más profundo de su alma y que nunca lo había nombrado ni jamás lo haría.
El Griego bajó la cabeza y leyó, no quería que nadie viera su rostro, dicen que no se levantó hasta que todos se fueron.
(Del libro Manual de un Jugador de Cartas. Cap IIIº Trampas del juego y trucos de magia)


